La Rueda

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La Vieja Tata le contaba siempre historias antes de dormir a Santino. Era el más pequeño de la familia, tenía apenas 6 años de edad pero de todos sus hermanos era el único que siempre prestaba atención a las historias de la Vieja Tata.

Le decían todos así y ella había aceptado el apodo sin más, lo cierto es que su nombre no lo recordaba prácticamente nadie salvo, el padre de Santino, pero esa historia, es cuento de otra vuelta.

Había una historia que nunca terminaba de entender Santino y era la de la vieja rueda. A decir verdad era más bien una de esas historias donde te dejaban una lección de vida en la cual aprendías que todo vuelve, ni muy inventiva, ni muy complicada pero para la pequeña edad de Santino le era muy difícil abstraer esa idea de la historia.

Los años pasaron y el pequeño Santino se convirtió en un muchacho y con ello trajo algunas cosas a su vida, la primera y más triste fue el aceptar que la vieja tata había fallecido unos años atrás y nunca iba a volver.

Otra cosa que tenía que aceptar es que las chicas ya no le eran indiferentes. Antes, como todo chico, se llevaba mal, solo hablaba con sus amigos varones y jugaba con ellos pero a medida que fue creciendo noto que se iba interesando en las chicas y le iban despertando sensaciones que antes no.

Por ultimo tuvo que aceptar que la adolescencia se le estaba terminando y tenía que buscar un trabajo para poder ayudar en la casa, el padre siempre fue alguien muy trabajador al igual que la madre y sus hermanos pero ellos ya habían emprendido su vida por separado y ahora Santino era el único de los hijos que quedaba viviendo con ellos.

Consiguió un trabajo en una zapatería cerca de su casa y fue aprendiendo el oficio casi sin quererlo. El vasco Asier era un hombre duro pero justo que le enseño el oficio. Sus ojos ya no eran los de antes y muy a regañadientes acepto un ayudante. Lo acepto solo porque su hija le insistió durante mucho tiempo hasta que cedió, porque vieron, los padres tienen debilidad por sus hijas y suelen hacerle más caso que a un hijo varón, vaya uno a saber por qué.
La primer semana Santino solo estuvo barriendo el lugar y atendiendo pedidos pero no mucho más, hasta que de a poco fue aprendiendo de tipos de cueros, de hormas, de cómo se enhebra una aguja (si, no sabía eso tampoco, algo que casi ocasiona un paro cardiaco en el pobre vasco) y por último, como remendar un zapato.

A los meses de estar trabajando ahí, Santino le empezó a agarrar cariño a su jefe, cariño y respeto pese a que el vasco jamás lo trataba con demasiada amabilidad ni familiaridad. No es que lo odiara simplemente seguía enojado por algo tan imposible de resolver como el paso del tiempo.

Terminado el semestre la hija del vasco volvió a la ciudad y a la casa de su padre. Ella estudiaba en la gran ciudad y pasaba la mayor parte del año allá en una casa que alquilaba a medias con una amiga, pero para los fines de semestre siempre iba a ver a su padre y pasaba con el unas pocas semanas antes de volver a partir.

Claro que Santino sabía de la existencia de la hija de Asier, lo que no sabía era ni su nombre ni como lucia…a decir verdad solo sabía que tenía una hija Asier y que era muy bella por comentarios de la gente pero no mucho más. Por eso no fue sorpresa que cuando entro por la puerta principal del local Gisela, Santino la trato como otro cliente y tras la risa de la chica, el desconcierto de Santino y el grito  de Asier supo con quién estaba hablando de verdad.

Estaban próximos a las fiestas por lo cual la estadía de Gisela se iba a extender casi todo el mes de Diciembre y algo de Enero y muy propio de ella, estuvo ayudando a Asier y a Santino en la zapatería. 

Durante los primeros días el joven no se atrevía a enunciar palabra, se sentía con extrema timidez, le palpitaba el corazón, tenía nudos en la garganta, mariposas en el estómago, francamente llego a odiar esa sensación, mientras que Gisela siempre lo trato con mucha amabilidad agradeciéndole todo lo que su padre no había hecho en esos meses.

La verdad es que de a poco Santino se fue abriendo y los chicos empezaron a compartir más tiempo y charlas juntos, increíblemente al padre de Gisela no le molestaba ello, supongo yo, joven lector, que era porque en el fondo el vasco Asier le tenía mucho aprecio a Santino y veía con buenos ojos esa unión.

Pero había un problema, uno grande y es que Gisela tenía pareja en la gran ciudad. Al principio ella hablaba maravillas de él, de lo enamorada que estaba, de lo caballero y gentil que era, pero con el correr de los días fue abriéndose y aceptando que ya no era la relación que había sido hacia un tiempo. Llego la Navidad y las familias por pedido de Gisela y Santino la pasaron juntos, eran solo los padres de Santino, Gisela y el vasco Asier nomas pero fueron muy acogedoras, llego año nuevo y vinieron los hermanos de Santino con sus familias pero el vasco Asier y Gisela también habían sido invitados por lo cual la mesa se agrando. Y en todo momento Gisela y Santino no paraban de hablar o intercambiar miradas pero solo eso. Todos los hermanos le decían a Santino que le dijera algo, que se animara pero entre su timidez que ya llegaba a puntos donde cualquiera de ustedes lectores le hubiese propinado un buen golpe y el hecho de que Gisela tenía a su pareja en la gran ciudad no paso más que eso, charlas e interminables charlas.

El tiempo de volver a la ciudad llego y Gisela tuvo que despedirse no sin tristeza en su corazón mientras que Santino la vio partir completamente desconsolado en su corazón. Los 6 meses siguientes fueron duros para el porqué no hacía más que esperar al momento que volviese Gisela a cruzar la puerta de aquella vieja zapatería.

Lamentablemente la noticia que tuvo no fue la que esperaba. Si, Gisela volvió pero solo para avisarle a su padre que se había comprometido con su novio. Si hubiesen visto la cara del pobre Santino…para que se den una idea ese día se martillo 3 veces el mismo dedo mientras intentaba sin éxito clavar un clavo, el dedo le quedo negro porque claro, aparte de lo desconcertado estaba dolido y descargo su furia contra ese rebelde clavo que gamas quiso entrar.

Al poco tiempo Santino hizo lo que todo joven con el corazón roto hace en su lugar, es decir, se fue durante varios sábados de bar en bar (eran pocos, no tenía mucha opción a decir verdad) para gastarse todo su sueldo semanal en alcohol y se terminó encontrando en los brazos de una chica, una buena chica pero que él no la quería, pero de todas maneras empezó a verla, cosa que, aunque no lo dijo jamás, a Gisela le dolió mucho pero entendía que no podía hacer nada, ella estaba comprometida y se iba a casar…o no?

Otra vez llego el tiempo de partir de Gisela pero esta vez Santino eligió no ir a la parada de tren a despedirla, cosa que le partió el alma a ella y su partida fue tan amarga que si apretabas los labios estando ahí hubieses sentido el gusto en tu boca.

Santino al poco tiempo, como era de esperarse termino la relación con la pobre chica (Romina se llamaba) y renunciando al local de zapatos, decide emprender su viaje a la gran ciudad, no tanto con la esperanza de encontrar a Gisela sino más bien de buscar un nuevo camino, un nuevo rumbo.

Las historias de Santino en esta época fueron muchas y variadas, podría contarles el momento que llego y como lo asaltaron apenas salió de la estación, como es que consiguió su primer trabajo o sus amoríos pero solo nos quedaremos al final porque la historia es la de Santino, si pero también de Gisela y no podemos obviarla solo porque no aparece en este periodo de la vida de Santino.

Habían pasado unos 3 años desde que llego Santino a la gran ciudad, ya trabajaba en el tercer periódico local, había empezado limpiando pero pronto se ganó su lugar, primero como maquinista imprentero y más tarde como periodista. Se había dado cuenta que le gustaba escribir y lo hacía muy bien, su especialidad eran policiales por lo cual siempre corría atrás de una u otra noticia y tenía poco tiempo en su oficina, cuando en una de esas corridas por el medio de la ciudad se choca con aquellos ojos que 4 años antes lo habían conquistado. Era Gisela, si, mas adulta, una mujer pero era la misma Gisela con quien había compartido las fiestas en su casa.

De pronto toda su confianza en sí mismo había desaparecido por completo dejando al indefenso aprendiz de zapatero ahí parado y déjame decirte que a ella le paso lo mismo.
Se saludaron con suma timidez, no sabían si abrazarse, darse la mano o que. Santino balbuceo algo parecido a si quiera que tomasen un café y ella cuando pudo responder le dijo que no podía pero que mañana se encontraran en un bar muy conocido que se encontraba en el centro.

Santino estaba que no entendía bien que había pasado solo quería que pase el día lo antes posible, quería estar ahí, en ese bar, que sea la hora pero a la vez se le vinieron todos los pensamientos, de esos pensamientos que te vienen cuando recordas cosas malas y se empezó a preguntar cosas. ¿Y si se casó? ¿Y si tuvo hijos? ¿Y si se arrepiente y no viene? ¿Y si, y si y si…? Había muchos, demasiados “y si” pero decidió ir igual.

Llego media hora antes y Gisela se hizo esperar unos pocos minutos pero los suficientes para que Santino entre en un estado de pánico que por suerte se cortó en seco cuando la vio entrar por la puerta, ahí estaba, entrando con una valija como recién llegada de un viaje, como la había visto la primera vez cuando entro por la puerta de la vieja zapatería y ahí, en ese preciso momento comprendió aquel añejo cuento de la vieja tata. Aquel que hablaba de la rueda, aquel que le decía que la vida es cíclica, como una rueda, que todo vuelve, incluso las segundas oportunidades, solo que no lo hacen de la misma manera y hay que estar atentos porque si no te das cuenta se vuelve a ir y te quedas sin subirte.

Todo lo que paso en esa charla, joven lector también voy a prescindir de contártelo pero no por ser vago en mi relato sino porque le pertenece a Santino y Gisela, les corresponde a ellos contártelo, solo te voy a decir una sola cosa, Santino no tuvo que esperar una tercera vuelta para darse cuenta que tenía que hacer. 😉

Fin?

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